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Adolescentes y pantallas


Las pantallas están presentes en la vida de los adolescentes y forman parte de su realidad cotidiana. Prohibirlas o demonizarlas no suele ser una buena solución. La pregunta importante no es cuántas horas se usan, sino para qué, cómo y desde dónde se utilizan, y qué función cumplen a nivel emocional.

En consulta aparecen con frecuencia algunos efectos comunes: la sobreestimulación constante, que dificulta la concentración y la tolerancia al aburrimiento; la comparación continua, especialmente en redes sociales, con impacto en la autoestima y la imagen corporal; y el uso de la pantalla como forma de regular el malestar emocional, a veces como una vía de escape o anestesia.

Cuando el uso de pantallas no está bien regulado, puede interferir en procesos clave del desarrollo: el sueño, la atención, el rendimiento académico, las relaciones y la capacidad para tolerar la frustración.

El trabajo terapéutico no consiste en eliminar las pantallas, sino en ayudar a los adolescentes a entender qué buscan cuando se conectan, a desarrollar formas más saludables de regular sus emociones y a acompañar a las familias para establecer límites claros, coherentes y sostenibles, evitando respuestas impulsivas basadas solo en el castigo.

Cuando la pantalla desplaza el bienestar emocional, es momento de intervenir. Acompañar no es controlar. Poner límites no es castigar. Educar en pantallas es educar en autocontrol, criterio y cuidado personal.

Jose Molero

 
 
 

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